Volver
Publicación Lectura de 9 min

El problema antes del problema: una introducción al ignosticismo

Antes de debatir si Dios existe o no, hay una pregunta previa y mucho más urgente: ¿qué queremos decir cuando usamos la palabra 'Dios'? Una reflexión sobre el ignosticismo, la trampa del lenguaje y por qué algunas discusiones empiezan demasiado tarde.

Publicado
Por
Sebastián Berrueta
Índice del artículo
  1. Introducción
  2. 1. Las palabras pueden hacernos creer que ya entendimos
  3. 2. El ignóstico no tiene por qué decir que Dios es imposible
  4. 3. La inefabilidad es más complicada de lo que parece
  5. 4. Ateísmo, agnosticismo e ignosticismo no responden exactamente lo mismo
  6. 5. El mismo problema aparece fuera de la religión
  7. 6. Pero tampoco podemos exigir definiciones perfectas
  8. 7. La pregunta antes de la pregunta
  9. Conclusión: antes del sí y del no

El problema antes del problema: una introducción al ignosticismo

Introducción

Hay una pregunta que parece increíblemente sencilla:

¿Creés en Dios?

La hemos organizado como si fuera una encuesta con tres casilleros bastante claros. Sí: teísta. No: ateo. No sé o no creo que pueda saberse: agnóstico.

Pero hay algo raro en responder tan rápido.

Imaginemos que alguien me pregunta si creo que existe un velnario. Puedo contestar que sí, que no o que no tengo suficiente evidencia. Las tres respuestas suenan razonables hasta que aparece un problema bastante básico:

no tengo idea de qué es un velnario.

Antes de discutir su existencia necesito saber qué propiedades tendría, qué lo distinguiría de otras cosas y, por lo menos, qué significaría que la palabra se refiera a algo.

Con “Dios” solemos saltarnos ese paso.

No porque la palabra no tenga historia. Tiene demasiada. Justamente por eso puede nombrar cosas radicalmente distintas: un ser personal que escucha oraciones, la causa primera del universo, el fundamento del ser, una inteligencia creadora, la totalidad de la naturaleza, una realidad que trasciende toda categoría humana o incluso una metáfora para el amor y el sentido.

Entonces quizá la pregunta interesante no sea todavía si Dios existe.

Quizá sea anterior:

¿de qué estamos hablando cuando decimos “Dios”?

Ahí entra el ignosticismo, una postura emparentada con el no-cognitivismo teológico que sostiene, en términos generales, que las afirmaciones sobre Dios necesitan un concepto suficientemente claro antes de que tenga sentido discutir si son verdaderas o falsas.

No responde “no existe”.

Primero pregunta qué tendría que existir.


1. Las palabras pueden hacernos creer que ya entendimos

El lenguaje tiene una trampa bastante cómoda: cuando una palabra nos resulta familiar, tendemos a sentir que el concepto también lo es.

“Dios” es una palabra que escuchamos desde chicos. Aparece en conversaciones, iglesias, canciones, insultos, juramentos, filosofía, funerales y expresiones cotidianas. Su familiaridad puede producir una ilusión de precisión.

Pero reconocer una palabra no equivale a poder definir aquello a lo que se refiere.

Con objetos corrientes el problema suele ser manejable. Si digo “silla”, podemos discutir casos límite —un banquito, una escultura con respaldo, una roca usada para sentarse— pero compartimos suficiente estructura como para saber aproximadamente de qué estamos hablando.

Con Dios la dispersión conceptual es muchísimo mayor.

Un cristiano puede entenderlo como una persona divina con voluntad e intenciones. Un deísta puede imaginar un creador que no interviene. Spinoza identificaba a Dios con la naturaleza de una manera que hace que la palabra se aleje muchísimo del Dios personal. La teología clásica habla de atributos como necesidad, eternidad, omnipotencia o simplicidad divina. Algunas tradiciones místicas prefieren decir que cualquier descripción positiva queda corta.

No son pequeñas diferencias de color.

A veces parecen objetos filosóficos distintos compartiendo el mismo nombre.

Entonces cuando alguien dice “Dios existe” y otra persona responde “Dios no existe”, puede ocurrir algo bastante absurdo: que parezca que están discutiendo una misma proposición cuando todavía no acordaron cuál es esa proposición.

La pelea empieza antes de haber fijado el sustantivo.


2. El ignóstico no tiene por qué decir que Dios es imposible

Acá conviene evitar una caricatura.

El ignosticismo no necesita sostener que toda idea religiosa sea incoherente, ni que cualquier cosa que no pueda ponerse en un tubo de ensayo carezca automáticamente de significado.

Eso sería convertir una exigencia razonable de claridad en una teoría del lenguaje mucho más fuerte de lo necesario.

Podemos hablar de cosas que no observamos directamente. Hablamos de números, posibilidades, estados mentales, justicia, campos físicos o acontecimientos históricos desaparecidos hace siglos. El significado no depende únicamente de señalar un objeto con el dedo.

La pregunta ignóstica es más modesta y, por eso mismo, más difícil de esquivar:

¿qué tendría que ser verdad del mundo para que tu afirmación sobre Dios fuera verdadera?

Si alguien me dice que Dios es un agente que creó el universo y puede intervenir en él, hay una tesis bastante definida para discutir.

Si alguien dice que Dios es “el fundamento necesario de todo ser”, tendremos que aclarar qué significa fundamento, necesidad y ser en ese contexto. Puede ser una posición filosófica compleja, pero al menos existe trabajo conceptual posible.

El problema aparece cuando cada intento de precisar el concepto provoca una retirada adicional:

Dios no es material.

No está en el espacio.

No está en el tiempo.

No puede comprenderse con categorías humanas.

No puede describirse positivamente.

No puede contrastarse con ninguna experiencia imaginable.

Y, sin embargo, después de quitarle todo eso, seguimos afirmando con seguridad que existe.

En algún momento resulta legítimo preguntar qué información está aportando exactamente esa palabra.


3. La inefabilidad es más complicada de lo que parece

Una respuesta clásica a este problema viene de la teología negativa o apofática.

La idea, simplificando mucho, es que una realidad divina infinita no tendría por qué caber en conceptos construidos por criaturas finitas. En vez de describir qué es Dios, intentamos decir qué no es: no limitado, no material, no contingente, no temporal en el sentido ordinario.

Hay algo intelectualmente atractivo en esa humildad.

Sería bastante raro sostener que existe una realidad trascendente y al mismo tiempo esperar poder describirla como describimos una mesa.

Pero la estrategia tiene un límite interesante.

Cuanto menos podamos decir de una cosa, más difícil se vuelve distinguirla de otras hipótesis igualmente indescriptibles.

Si afirmo que existe X, pero X no posee ninguna propiedad que podamos caracterizar, no produce ninguna diferencia reconocible, no puede entrar en contradicción con ninguna observación y cualquier lenguaje sobre X es necesariamente inadecuado, aparece una pregunta incómoda:

¿qué diferencia queda entre afirmar X y no afirmar nada?

Eso no demuestra que X no exista.

Es importante no saltar de un problema semántico a una conclusión ontológica.

Que yo no consiga formular coherentemente una idea no prueba que la realidad correspondiente sea imposible. Puede demostrar simplemente que mi concepto es malo.

Pero si el concepto es malo, entonces tampoco puedo usarlo tranquilamente para hacer afirmaciones fuertes sobre lo que existe.

La falta de definición corta para los dos lados.


4. Ateísmo, agnosticismo e ignosticismo no responden exactamente lo mismo

Estas posiciones suelen meterse en una misma línea imaginaria, como si fueran grados distintos de confianza frente a una única pregunta.

Pero operan en niveles diferentes.

El teísmo afirma, bajo alguna concepción determinada, que Dios existe.

El ateísmo niega esa existencia o carece de creencia en ella, dependiendo de cómo se use el término.

El agnosticismo habla principalmente del conocimiento: sostiene que no sabemos, o quizá no podemos saber, si determinada realidad divina existe.

El ignosticismo puede aparecer un paso antes y decir:

todavía no sé qué proposición querés que evalúe.

Esto significa que una persona podría adoptar una actitud ignóstica frente a una definición de Dios y no frente a otra.

“Existe una mente todopoderosa que creó deliberadamente el universo” es una afirmación suficientemente clara como para empezar a discutirla, aunque después tengamos enormes problemas para evaluarla.

“Dios es aquello que está más allá de todo concepto pero cuya existencia afirmo como un hecho” genera un problema distinto: quizá lo que falta no sea evidencia, sino contenido proposicional suficiente.

Por eso el ignosticismo no tiene por qué ser una identidad total.

Puede funcionar simplemente como una disciplina:

antes de discutir si algo existe, asegurémonos de que sabemos qué estamos intentando afirmar.


5. El mismo problema aparece fuera de la religión

Y acá el tema deja de ser exclusivamente teológico.

Usamos palabras enormes todo el tiempo.

“Energía”.

“Conciencia”.

“Natural”.

“Libertad”.

“Alma”.

“Inteligencia”.

“Vibraciones”.

“Pueblo”.

A veces una discusión dura horas porque dos personas están defendiendo definiciones diferentes sin darse cuenta.

Una dice que la inteligencia artificial “piensa” porque resuelve problemas, planifica y produce lenguaje. Otra dice que no piensa porque reserva la palabra para procesos conscientes. Parecen discrepar sobre las máquinas, pero una parte del desacuerdo está escondida dentro del verbo.

Lo mismo ocurre cuando alguien afirma que algo es “natural”, como si la palabra decidiera por sí sola si algo es bueno, sano o deseable.

El lenguaje no solamente describe nuestros problemas.

A veces los fabrica.

Eso es lo que me parece más interesante del ignosticismo incluso fuera de cualquier discusión sobre Dios. Introduce una pequeña demora entre escuchar una pregunta y contestarla.

Una especie de reflejo contrario al reflejo habitual.

Antes de elegir un bando:

¿qué significa exactamente la frase que estamos discutiendo?


6. Pero tampoco podemos exigir definiciones perfectas

Hay otra trampa del lado contrario.

Si exigimos que toda palabra tenga una definición completa, necesaria, suficiente y sin ningún caso límite antes de poder usarla, nos quedamos sin lenguaje bastante rápido.

No tenemos una definición perfecta de “juego” y aun así sabemos jugar. No resolvimos filosóficamente qué es la conciencia y, sin embargo, hay experiencias conscientes. “Vida” tiene casos fronterizos extraños y eso no vuelve inútil a la biología.

Los conceptos humanos suelen funcionar con bordes borrosos.

Entonces el criterio no puede ser:

“definime a Dios con precisión matemática o la palabra no significa nada”.

Eso sería demasiado fácil.

Una exigencia más razonable sería preguntar si la definición tiene suficiente contenido como para distinguir la hipótesis de alternativas relevantes.

¿Qué propiedades estamos atribuyendo?

¿Qué se sigue de ellas?

¿Qué cosas serían incompatibles con esa idea?

¿Estamos usando “existir” en el mismo sentido que cuando hablamos de otras entidades, o en uno completamente distinto?

Y, sobre todo, cuando la definición cambia durante la discusión, ¿seguimos hablando del mismo concepto?

No hace falta eliminar toda ambigüedad.

Hace falta suficiente claridad para saber dónde está el desacuerdo.


7. La pregunta antes de la pregunta

Quizá por eso me resulta atractiva esta postura.

No porque resuelva el problema de Dios.

En cierto sentido hace lo contrario: se niega a resolverlo demasiado rápido.

Frente a una de las preguntas más antiguas de nuestra especie, introduce una pregunta bastante menos impresionante:

¿qué querés decir?

Pero esa modestia cambia todo.

Si obtenemos una definición clara, recién ahí podemos preguntarnos si es coherente, si tenemos razones para creerla, si explica algo, si entra en conflicto con lo que sabemos o si simplemente no disponemos de herramientas para decidir.

Si no obtenemos una definición clara, quizá no estemos ante un gran misterio metafísico.

Quizá estemos ante una frase que todavía no terminó de convertirse en una afirmación.


Conclusión: antes del sí y del no

La pregunta “¿Dios existe?” parece estar en el comienzo del debate.

El ignosticismo sugiere que quizá ya llegamos tarde.

Antes del sí, del no y del no sé, hay una tarea menos espectacular: determinar qué significa el nombre colocado en el centro de la oración.

Eso no elimina la religión, la espiritualidad ni la metafísica. Tampoco demuestra el ateísmo. Simplemente impide que la familiaridad de una palabra haga el trabajo que debería hacer una idea.

Y quizá esa costumbre sea útil mucho más allá de la teología.

Cada vez que una discusión parece enorme, insoluble y cargada de certezas, puede valer la pena detenerse un segundo y preguntar si todos estamos discutiendo realmente sobre lo mismo.

A veces el desacuerdo está en el mundo.

A veces está en la evidencia.

Y a veces llevamos horas peleándonos por una palabra que nunca terminamos de definir.

Antes de preguntarnos si algo es verdad, conviene asegurarnos de que ya dijimos algo capaz de ser verdadero o falso.